Querido Otto:
Vivo en un mundo en el que cada paso es cuestionado y analizado al detalle, un mundo en el que amar no está permitido. Estoy harta de que mi madre me diga que este dolor se acabará, que te olvidaré y seguiré con mi vida, estoy harta de contestar que mi vida eres tú y también estoy harta de que conteste que no se puede amar con dieciséis años. Me pregunto qué hago escribiendo una carta que ni siquiera podrás leer. Quiero escuchar cuanto me quieres o simplemente tu voz. Necesito volver a oír mi nombre entrando por la ventana pidiendo que salga para estar contigo. Necesito que la orden de latir de mi corazón sea activada por tu olor. Sé que es casi imposible volver a hacerlo. Hace siete meses que no rozo tu piel. Al principio, todos los jueves sin que nadie lo supiera cogía mi bicicleta, iba al campo de concentración y me escondía tras la valla. Me dedicaba a mirarte desde lo lejos callada y en silencio. Muchas veces pensé llamarte pero no quería meterte en ningún problema que consiguiera atormentarme más cada día que el hecho de tu ausencia y sufrimiento. Quisiera poder quitar de mi cabeza el resultado de cada una de aquellas visitas. La mejor persona que he conocido y que consiguió despertar en mí el sentimiento añorado de toda la humanidad, un corazón gigante dentro de un chico de tan solo diecisiete años cada día más delgado y con la piel más pálida, malviviendo en una prisión como un criminal. Consumiéndose como una vela que lucha por seguir encendida en sus últimos suspiros de oxígeno ahogado. ¿Qué has hecho para pagar tan alto precio? Nada, no has hecho nada malo. Cada día siento que estoy agotando las fuerzas necesarias para seguir adelante. Me siento sola si no me abrazas. Antes, mi mente no lograba imaginar el no tenerte al lado, ahora, por mucho que me duela reconocerlo, lo que me duele es no poder imaginar el volver a coger tu mano. Cada lágrima tiene tu reflejo y en el fondo sé que soy una egoísta que solo se concentra en su sufrimiento. Tú has visto morir a tu padre la misma noche en la que te capturaron, tú eres el que ha perdido todo, tú y no yo, eres el que está ahí dentro, tú eres la víctima y yo la niña que contempla impotente e impasible la situación y no hace nada. No porque no quiera sino porque no puede. Veintisiete, ese número que era tu favorito. Decías que se convirtió en tu favorito nada más conocerme por ser el día en el que vine al mundo. Ese día ha pasado y para variar soñé contigo. En ese sueño me pedías por favor que volviera a sonreír, que no pasaba día en el que saliera de tu cabeza y me decías que cuando dejaras ese sitio tan horrible volverías conmigo para no irte jamás. Esa noche como todas las demás, me desperté llorando. Te quiero y me arrepiento de no habértelo dicho a cada segundo. De no haberte dado cada abrazo y cada beso que me pediste y de haberte rechazado los tuyos en muchas ocasiones. Me encantaría poder hacer que supieras que todavía estoy aquí fuera esperándote, decidida a seguir adelante con nuestra relación y continuar junto a ti toda la vida. Quiero que criemos a nuestros hijos, que tengamos una casa, una vida, un futuro en el que morir a tu lado. Quiero tantas cosas y sé que conseguiré tan pocas... He notado un escalofrío y dejado de escribir cinco minutos. Tengo un mal presentimiento. Ahora mismo voy a coger mi bicicleta e iré a hacerte una visita, necesito saber que aún estás bien. Cuando vuelva seguiré escribiéndote.
Ya estoy de vuelta. Tras esperar tres horas y media he conseguido verte. No sabía si sonreír o morir en llanto. Eras tú, bueno más bien lo que queda de ti. Ojalá pudiera cambiarme por ti y librarte de ese infierno. Aun sigo preocupada, no consigo descifrar mi presentimiento. ¿Sería una falsa alarma? ¿O sería el aviso de alguna desgracia próxima? Sea lo que sea solo sé que no tengo fuerzas para seguir escribiendo esta carta sin ningún remitente. Te amo mi vida, siempre serás mi primer y único amor.
Amanda 8 de Mayo de 1939.
jueves, 7 de abril de 2011
Cada suspiro del reloj
Increíblemente maravillosa era la forma de mirar la ventana que significaba la libertad para aquel pajarillo.
¿Piedad? ¿Qué golpes de voz formaban tal palabra? ¿Debería tener piedad por él y liberarlo, dejándolo marchar a donde su voluntad lo arrastrase?
Quizá me equivoque...
Tengo la duda de qué libertad brindarle...
La muerte sería la puerta a los seguro, donde nada más corrompería su cantar ansiando batir las alas hasta que su pequeño y frágil corazón alcanzase a permitir. Por otro lado podría abrir la jaula y posteriormente la ventana para dejar que él mismo se diera cuenta de que era mejor morir, una vez que sus pupilas perdieran la ilusión por la vida en tan desolado pueblo donde cada noche, al dormir, puedes estremecer al sentir las sonrisas de la gente sin rostro. Podría también prolongar su condena hasta que su plumaje dejara de brillar con cada rayo de luz que entrara por su amada ventana.
Quizá simplemente él está hecho para adornarme la vista, quizá soy una egoísta y debería dejarlo marchar, o quizá esto es solo una estúpida reflexión para intentar distraerme y no pensar en que tus labios ahora solo buscan su boca e intentan fundirse son ella para jamás separarse.
Al parecer ese pajarillo y yo no somos tan diferentes. Yo también estoy atrapada dentro de una jaula. Esa jaula que se llama desamor, y en la que pienso quedarme hasta no brillar al igual que mi infeliz compañero. Amor, eres tú o no es NADIE.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)